Lo que la IA podría significar para el aprendizaje, la agricultura, la atención médica y el empleo en Costa Rica
Tras el primer Diálogo Global de las Naciones Unidas sobre Gobernanza de la IA, Pablo Salazar Canelos, Coordinador Residente en Costa Rica, analiza cómo la inteligencia artificial puede expandir el acceso a la educación, la atención médica, el empleo y la información climática. Al mismo tiempo, advierte que el costo, la conectividad y el sesgo pueden profundizar las desigualdades existentes.
¿Qué significa la inteligencia artificial para Mariana, una niña de 8 años que asiste a la escuela? Para ella, la IA no es un concepto de vanguardia ni una amenaza distante. Es la posibilidad de que su maestro tenga una herramienta que detecte si está teniendo dificultades con la lectura antes de que ella misma sepa cómo explicarlo. Es la promesa de que, aunque viva en una zona rural de difícil acceso, pueda acceder a los mismos recursos educativos de alta calidad que un estudiante del centro de San José.
Para Mariana, la pregunta es sencilla: ¿la IA ayudará a reducir la brecha educativa o la ampliará?
Herramientas prácticas para necesidades cotidianas
Pensemos ahora en doña Ana, una agricultora de la Zona Sur que cultiva café. Para ella, la IA podría ser una aliada clave: un sistema que, integrando datos climáticos, satelitales y de suelo, le avise con tres días de anticipación cuándo sembrar, cómo optimizar el uso del agua o posibles plagas que podrían limitar su productividad. Pero también podría ser una nueva barrera si los beneficios de la automatización se concentran en grandes corporaciones agrícolas y dejan fuera a las pequeñas productoras.
Y qué decir de don Carlos, un adulto mayor de 75 años que vive solo en una comunidad costera. Para él, la IA podría ser la diferencia entre sentirse abandonado o acompañado: un sistema de teleasistencia predictivo que detecte una caída, que recuerde la hora de sus medicamentos o que simplemente active una llamada de voz amigable cuando pase varios días sin interactuar con nadie. Pero también podría ser una intrusión si no se protege su privacidad, o una exclusión si los servicios públicos digitalizados presumen que todos tienen un teléfono inteligente y saben usarlo.
La IA será ética, o no será, si personas como don Carlos pueden usar los servicios públicos de manera segura, asequible y con dignidad.
Finalmente, pensemos en Fabián, un joven de 22 años que acaba de terminar su bachillerato gracias a un programa educativo para personas adultas y busca su primer empleo formal en un mercado laboral incierto. Para él, la IA podría ser un multiplicador de oportunidades: una plataforma que identifique sus habilidades, lo conecte con programas de capacitación en demanda y lo vincule con personas empleadoras que valoran la diversidad. Pero también podría ser un filtro discriminatorio si los algoritmos de selección de personal replican sesgos históricos o si las empresas deciden automatizar precisamente los puestos de entrada que históricamente han sido la puerta de acceso al mercado laboral para los y las jóvenes sin experiencia.
Cuatro vidas, una misma pregunta: ¿quién diseña las reglas para que la IA beneficie a todos y todas, no solo a unos pocos?
El costo de quedar fuera
Y aquí hay un factor de exclusión que debemos considerar: el costo de la IA. No solo el costo de los dispositivos o los planes de datos, sino de la alfabetización digital, de la conectividad en zonas rurales, del mantenimiento de infraestructura, de la capacitación continua para no quedar obsoleto.
Si no se abordan estas barreras, las personas que más podrían beneficiarse de la IA podrían ser las que tengan menos posibilidades de acceder a ella.
El Secretario General de Naciones Unidas ha sido claro en este punto: sin inversión, muchos países y muchas personas quedarán "desconectados" de la era de la IA. Por eso ha propuesto un Fondo Global de IA de 3.000 millones de dólares para construir capacidades básicas en países en desarrollo: habilidades, datos, poder de cómputo asequible y ecosistemas inclusivos. Esa es la escala de la ambición que necesitamos para que el costo no sea una barrera, sino un puente.
Para Don Carlos, el costo de la IA no es solo el de un teléfono inteligente o un plan de datos. Es el costo de quedar fuera de un sistema que asume que todos tienen acceso. Es el costo de que los servicios públicos se digitalicen sin considerar que quizás no sepa usar una aplicación, o que su conexión a internet sea intermitente, o que el costo de un plan de datos compita con el de sus medicamentos. Abordar la cuestión ética implica que no se le exijan a don Carlos costos que no puede asumir ni habilidades que no ha tenido oportunidad de desarrollar. Por eso, desde Naciones Unidas impulsamos el concepto de "IA pequeña": soluciones prácticas, asequibles y efectivas que funcionen en dispositivos cotidianos, que no requieran conectividad permanente y que resuelvan desafíos locales de desarrollo. El verdadero propósito es sencillo: ni el costo ni las competencias digitales deberían determinar quién se beneficia de la IA y quién queda fuera.
Alianza Costa Rica y ONU para asegurar un mejor futuro
Costa Rica ha demostrado un liderazgo excepcional para impulsar la IA con enfoque ético, seguro y responsable en tres niveles:
- Global: cofacilitó la resolución que creó el Diálogo Global sobre Gobernanza de la IA, cuya primera edición se celebró los días 6 y 7 de julio en Ginebra con la participación de Costa Rica con una delegación de muy alto nivel, así como el Panel Científico de la IA.
- Regional: convocó el Diálogo Regional sobre Gobernanza de la Inteligencia Artificial para América Latina y el Caribe (AI4LAC) el pasado 26 de mayo, articulando una voz latinoamericana sobre IA con pertinencia cultural y respeto a la soberanía nacional.
- Nacional: lanzó su Estrategia Nacional de IA (ENIA 2024-2027), basada en principios éticos.
Y en este camino Naciones Unidas en Costa Rica ha sido un socio activo. Nuestra Hoja de Ruta sobre IA (2025-2027) ya muestra resultados tangibles, como la Guía Nacional de IA para Educadores, que tiene el potencial de llegar a 64.000 docentes y un millón de estudiantes y el desarrollo un asistente virtual para citas de Papanicolaou, así como el monitoreo de discursos de odio con IA con el fin de fortalecer las políticas de cohesión social. Además, otras iniciativas incluyen una herramienta basada en IA que tiene como fin impulsar la formalización y productividad de micro y pequeñas empresas, con un claro potencial para beneficiar a la economía de Costa Rica.
Costa Rica se encuentra en un momento decisivo tras haber alcanzado recientemente la categoría de país de ingreso alto, un logro notable que, sin embargo, plantea nuevos desafíos. El salto a renta alta no es sinónimo de bienestar generalizado, sino que demanda una nueva generación de políticas que cierren las persistentes brechas de productividad, equidad territorial e inclusión laboral. En este contexto, la IA debe ser vista como una herramienta para abordar estas complejidades estructurales y expandir oportunidades. Las Naciones Unidas seguirán cooperando con Costa Rica para encontrar nuevas maneras de aprovechar la IA para mejorar la vida de las personas, proteger sus derechos y cuidar nuestro planeta.
Al final, el éxito de esta revolución no se medirá en terabytes o algoritmos, sino en la sonrisa de Mariana al aprender a leer, en la cosecha segura de doña Ana, en la tranquilidad de don Carlos al sentirse acompañado y en el primer empleo digno de Fabián.
Este es el único propósito que vale la pena.
Este artículo se publicó originalmente en Delfino.cr. Por favor, visite la página web del equipo de Naciones Unidas en el país para mayor información sobre la labor de la ONU en Costa Rica.