Ecos del terremoto: Colombia, dos meses después
Desde Quibdó, Cali, Cartagena y Pereira, cinco Voluntarias y Voluntarios ONU relatan los avances y lo que aún queda por hacer. Mientras la vida cotidiana regresa poco a poco, el miedo sigue presente.
“La tierra tiembla unos minutos. Lo más difícil viene después: el desgaste emocional, el trauma de ver destruidos los lugares que tantas veces visitaste”, – Mariana Echeverry, Voluntaria ONU, Asistente de Comunicación, Proyecto PROCARIBE con UNOPS.
En Cali, una niña de seis años volvió a pedir lápices. Tiene una discapacidad motriz y vive con su madre y su hermana de 13 años.
En las semanas posteriores al terremoto estaba callada, irritable y retraída. Hoy quiere volver a dibujar y ayudar a su madre con las tareas de la casa.
Para Janny Chávez, Voluntaria ONU Asistente de Medios de Vida con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), ese gesto es una señal.
En una ciudad donde todavía se sienten las réplicas, una niña que vuelve a hablar, a relacionarse con otras personas y a querer dibujar demuestra que la vida cotidiana está regresando y que la recuperación ha comenzado.
Han pasado más de dos meses desde el terremoto del 10 de agosto y el país aún evalúa su impacto. Según las cifras más recientes de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres de Colombia, al 2 de octubre se habían inscrito 364.664 familias, es decir, 778.285 personas, en el Registro Único de Damnificados. El mismo registro reporta 19.148 viviendas destruidas y otras 104.049 inhabitables en todo el país. Detrás de cada cifra hay una familia que intenta retomar su vida cotidiana.
Los Voluntarios ONU que apoyaron la respuesta desde las primeras horas siguen en terreno, algunos mientras enfrentan sus propias pérdidas. Jordan y Janny, cuyos testimonios aparecieron en la primera parte de esta historia pocos días después de la emergencia, volvieron a compartir sus experiencias. A ellos se suman Damaris, Mariana y Daniela.
Sus relatos describen otra etapa: la recuperación temprana. Comienza cuando las cámaras se han ido, y es más lenta y menos visible.
EL AGUA VUELVE A LAS ESCUELAS
En agosto, el trabajo de Jordan Mora se medía en kits de higiene entregados y en el acceso al agua garantizado para comunidades y albergues. Más de dos meses después, este Voluntario ONU, Experto en Agua, Saneamiento e Higiene del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) en Chocó, tiene un nuevo objetivo: que cada niña y cada niño cuente con un baño digno cuando regrese a clases.
La respuesta inmediata buscó garantizar condiciones de vida dignas y el acceso seguro al agua para las personas afectadas. Ahora ha dado paso a un trabajo gradual, comunidad por comunidad, para que ese derecho llegue también a las escuelas. En coordinación con las autoridades de gestión del riesgo, las alcaldías y el equipo de educación de UNICEF, Jordan evalúa las instalaciones sanitarias de las escuelas que pueden volver a recibir estudiantes.
Las escuelas afectadas se clasificaron en seis categorías según su estado. Donde los edificios no pueden usarse, se instalan aulas temporales con baños portátiles, puntos de agua potable y estaciones de lavado de manos.
Los resultados empiezan a verse. Al 24 de septiembre, el Ministerio de Educación Nacional informa que el 95,9 % de los estudiantes afectados en Chocó había recuperado el acceso a la educación. Volver a la escuela devuelve a niñas y niños a sus aulas, a entornos seguros y a sus rutinas, y les devuelve la calma.
Los albergues temporales siguen funcionando; en Quibdó todavía operan siete. UNICEF y sus socios repararon las instalaciones sanitarias y entregaron bombas eléctricas para asegurar el suministro de agua.
Entre los casos que ha acompañado, Jordan recuerda uno en particular. Un niño con movilidad reducida vivía con una familia sin acceso a agua segura. UNICEF le entregó un filtro de arcilla y capacitó a la familia para usarlo. Luego el caso se llevó a la mesa de coordinación y el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar le entregó una silla de ruedas. Varias instituciones se articularon en torno a una sola familia.
“Creo que esa satisfacción de haberlo ayudado es algo que nunca había sentido”, dice.
Cada semana, una tienda móvil recorre la ciudad para que las familias que lo perdieron todo elijan, sin costo, los artículos de higiene que necesitan. Poder elegir, después de perderlo todo, también devuelve la dignidad.
“El regreso a la escuela tiene que ser completo. Un aula sola no basta. Hace falta un baño digno y un punto de lavado de manos que funcione”, – Jordan Mora, Voluntario ONU Experto en Agua, Saneamiento e Higiene con UNICEF.
“QUIENES YA RECONSTRUYERON SU VIDA LEJOS DE CASA CONOCEN EL CAMINO PARA VOLVER A LEVANTARSE”
En agosto, Janny acompañaba por teléfono a las 100 familias con las que trabaja en Cali como Voluntaria ONU con ACNUR. Hoy ese acompañamiento volvió a ser presencial. Tres o cuatro días a la semana visita Llano Verde y el Asentamiento Valladito, donde realiza visitas domiciliarias y talleres grupales.
Los efectos emocionales persisten, explica Janny. Las familias expresan tristeza por los medios de vida perdidos, insomnio, ansiedad y lo que ella llama “mareo sísmico”: la sensación de que el suelo se mueve aunque esté quieto. Cada réplica lo trae de vuelta. Según su estimación preliminar, cerca de ocho de cada diez familias del proyecto resultaron afectadas, incluidas familias venezolanas que ya habían tenido que empezar de cero una vez.
Janny trabaja con ellas y les recuerda que “quienes ya reconstruyeron su vida lejos de casa conocen el camino para volver a levantarse”.
“Con la niña trabajé a través del dibujo. Le pedí que me mostrara cómo se sentía ese día y cómo se siente ahora. A su mamá le expliqué que era normal verla triste o irritable. Hoy está feliz. Quiere dibujar y ayudar con las tareas de la casa”, – Janny Chávez, Voluntaria ONU Asistente de Medios de Vida con ACNUR.
Algunas familias perdieron su vivienda y fueron acogidas por familiares. Una madre vive ahora con sus cuatro hijos en la casa de su propia madre, donde conviven doce personas.
El trabajo con estas familias se centra en lo prioritario: fortalecer las redes de apoyo mutuo y generar ingresos. “Vender tamales o sancocho los domingos también es parte de reconstruirse”, dice Janny.
Las niñas y los niños, por su parte, volvieron a la escuela. Durante las primeras tres semanas estudiaron con guías de aprendizaje y clases en línea.
Hoy la mayoría asiste de forma presencial. Cada regreso trae alivio a sus familias y la oportunidad de recuperar aprendizajes.
UNA CASA POR DEMOLER, UN BARRIO QUE CUIDAR
La mañana del terremoto, Damaris Escobar estaba en su casa en Quibdó. Bajó del segundo piso con su hermana Erica y encontró la puerta trabada. Cuando por fin lograron abrirla, tomó una decisión que todavía le cuesta explicar: volvió a entrar. La estufa de la cocina había quedado encendida y, antes que en su propia seguridad, pensó en la de sus vecinos.
Esa noche durmió a la intemperie, sin electricidad, turnándose con sus vecinos. Hoy su casa está destinada a la demolición. En esa situación extrema, Damaris contó con el apoyo de la Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres (ONU Mujeres), en la que presta servicio. Decidió que no era momento de detenerse, sino de recuperar fuerzas y seguir con su trabajo:
“No puedo quedarme quieta sin ayudar a quien lo necesita”, explica.
Su asignación consiste en apoyar a la Alcaldía de Quibdó en la implementación del sistema municipal de cuidado, ya adoptado como política pública. El siguiente paso era abrir servicios en la Casa de la Juventud, pero el edificio, como muchos en Quibdó, resultó dañado.
“Sé que fue imprudente. Solo actué como voluntaria, y pensé que si el gas de mi casa explotaba, la emergencia sería aún peor para todos los vecinos”, – Damaris Escobar, Voluntaria ONU Especialista Territorial del proyecto “Entornos que Cuidan y Aceleración de los ODS” con ONU Mujeres.
La estrategia se rediseñó: unidades móviles recorrerán los barrios para acercar los servicios de cuidado a niñas y niños, personas con discapacidad y personas mayores.
También ofrecerán apoyo psicosocial a las personas cuidadoras, con un espacio de acompañamiento y bienestar. A fines de septiembre, la propuesta se presentó al comité municipal de discapacidad.
Para Damaris, el cambio es una oportunidad: un servicio que llega al barrio y alcanza a quienes no pueden desplazarse al centro de la ciudad. “Un ejemplo de no dejar a nadie atrás”.
Las organizaciones de mujeres estuvieron entre las primeras en responder. Desde el primer día, lideresas recorrieron barrio por barrio para conseguir agua y cobijas y saber cómo estaban niñas, niños y personas con discapacidad.
Damaris reactivó la Red de Mujeres Jóvenes del Chocó, de la que forma parte. Como cualquier persona damnificada, también está realizando los trámites por su vivienda, que le han resultado complejos pese a conocer bien el proceso. “Pienso en alguien que no conoce sus derechos y me preocupa”, dice. Esa preocupación orienta su trabajo.
Damaris no es la única que responde en medio de la pérdida. En Pereira, la Voluntaria ONU Daniela Quiceno perdió su casa en apenas 120 segundos. En medio de la incertidumbre, su primera pregunta fue cómo ayudar a quienes, como ella, se habían quedado sin hogar.
En los primeros días, apoyó la caracterización de las familias afectadas en el Puesto de Mando Unificado de Dosquebradas, el municipio que acogió a su familia mientras buscaba un nuevo hogar. Más de dos meses después, desde su rol de comunicación con UNV, sigue compartiendo información útil con las comunidades y visibilizando las historias de otros Voluntarios ONU que, pese a sus propias dificultades, encuentran la forma de aportar.
Para Daniela, la emergencia no termina cuando pasan los primeros días. La recuperación continúa en las necesidades que persisten y en quienes eligen seguir apoyando a otros mientras reconstruyen su propia vida.
HASTA QUE LA TIERRA SE QUEDE QUIETA
Dos meses no alcanzan para reconstruir una casa. Sí alcanzan para ver quién se queda.
En Quibdó hay viviendas que aún esperan ser demolidas y familias que todavía no figuran en el registro de damnificados.
En Cali, el Asentamiento Valladito sigue en proceso de legalización, lo que podría retrasar el acceso a la asistencia a la que tiene derecho. Las réplicas no han cesado.
La recuperación será larga y no se medirá en titulares. Se medirá en regresos: una niña que vuelve a dibujar, una escuela que reabre con agua y un baño digno, un servicio de cuidado que llega a quien no puede desplazarse.
“La palabra es entrega”, dice Jordan sobre los voluntarios en estas semanas.
LA ESPERANZA: POR ESO ESTAMOS AQUÍ
Los días son más cortos que en agosto, pero el compromiso es el mismo. Las tareas pendientes son más lentas y menos visibles: reparar sistemas de agua en zonas rurales, reabrir escuelas en condiciones dignas, acercar los servicios de cuidado a cada barrio y sostener el apoyo psicosocial hasta que el miedo ceda.
“En esos momentos en que nada parece salir bien, siempre aparece algo que te hace sentir que todo va a salir bien. Eso le da más esperanza a la gente, y por eso estamos aquí”, dice Jordan.
Este artículo fue originalmente publicado por Voluntarios ONU. Si desea saber más sobre el trabajo de las Naciones Unidas en Colombia, consulte la página web del Equipo de las Naciones Unidas.