De refugio a resiliencia: cómo el mercado laboral mexicano está transformando vidas
Karla Rodríguez, de 32 años, llegó a México sola desde Venezuela a finales de 2018, en un momento en que la agitación política en su país hacía que quedarse ahí fuera inseguro. Lo que siguió fue un primer año difícil en la capital, Ciudad de México.
“Presenté más de 100 solicitudes para diferentes puestos vacantes”, cuenta Karla. “Cuando supieron que mi regularización estaba en trámite, dejé de ser considerada como candidata”.
Entonces llegó la llamada de Coca-Cola FEMSA, la embotelladora de Coca-Cola más grande del mundo por volumen, que forma parte de FEMSA, uno de los principales empleadores de México. Además, FEMSA participa en el sector minorista a través de OXXO en las Américas y Valora en Europa, a través de una división de salud que incluye farmacias, y ofrece servicios financieros digitales a través de la iniciativa Spin. “Fue la mejor llamada que he recibido en mi vida. Pasé de ser un número a sentirme valorada por mi talento”, explica Karla.
En su primer día, se fijó en un detalle sencillo pero significativo: en los escritorios había una bandera del país de origen de cada uno de sus compañeros. “Me dieron la mía, la de Venezuela. Me hizo sentir bienvenida”, cuenta Karla, quien ahora es Gerente de Ética y Derechos Humanos en la sede de FEMSA en Monterrey.
Descubriría que este pequeño gesto reflejaba una cultura más profunda en la empresa, una que le permitiría prosperar. “Los entornos inclusivos siempre serán entornos seguros donde las personas pueden desarrollarse adecuadamente y convertirse en historias de éxito”. Para Karla, la inclusión es más que una simple política: es una práctica que los equipos y la alta dirección adoptan en su vida laboral cotidiana.
Por el contrario, Karla cree que el mayor obstáculo para la inclusión es el sesgo, y eliminarlo es una tarea que va más allá de las empresas individuales: “Cuando el sector privado, el gobierno y la sociedad civil se permiten dejar de lado los sesgos y comienzan a incluir y reconocer la personalidad de cada individuo, empiezan a suceder cosas muy buenas”.
Las cifras detrás de la promesa
La historia de Karla refleja un cambio más amplio que se ha acelerado desde que México se comprometió en el Foro Mundial sobre los Refugiados (GRF, por sus siglas en inglés) de 2019 a apoyar e incluir a las personas que se han visto forzadas a huir de sus hogares, uno de los más de 20 compromisos que ha adquirido el país hasta la fecha. Estos compromisos han tenido un efecto dominó en toda la economía y han transformado los lugares de trabajo en motores de inclusión y crecimiento.
En consonancia con la política nacional de integración liderada por la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), en todo el estado de Nuevo León, cuya capital es Monterrey, el compromiso de acoger e incluir a las personas refugiadas es visible desde las fábricas hasta las sedes corporativas y la legislatura estatal.
Como explicó Martha Herrera, Secretaria de Igualdad e Inclusión del Gobierno del Estado: “Vienen por diferentes razones, perseguidos por temas de violencia, crisis humanitaria. Tenemos a personas que llegan y que benefician a la economía local, que llenan puestos de trabajo que estaban vacantes, que tienen un impacto en nuestro Producto Interno Bruto. Para mí es una riqueza que fortalece nuestro estado”.
Las políticas de integración local inclusivas de México, junto con el Programa de Integración Local (PIL) de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, y la disposición del sector privado a abrir sus puertas, han dado a las personas refugiadas la oportunidad de mantenerse a sí mismas y contribuir a las comunidades que las acogen.
Desde que México se comprometió en el Foro Mundial sobre los Refugiados, más de 50.000 personas refugiadas han encontrado protección y empleo en el país. Más de 600 empresas han contratado a personas refugiadas a través de programas como el PIL y su contribución a la economía es tangible: se estima que aportan 15 millones de dólares estadounidenses al año en concepto de impuestos. Estas cifras cuentan una historia de resiliencia, pero detrás de ellas hay miles de trayectorias individuales marcadas por la incertidumbre, el coraje y la esperanza.
Un nuevo comienzo en Monterrey
“Soy haitiano. Llegué a México el 16 de agosto de 2024”, cuenta Angelet François, de 37 años. El simple relato de su fecha de llegada oculta un largo año de incertidumbre y espera en Tapachula, en el estado de Chiapas, al sur de México, mientras él y su familia se enfrentaban a los trámites burocráticos necesarios para obtener la residencia permanente.
“Durante todo ese año, en Chiapas, no había mucho trabajo. Tenía la necesidad de trabajar, de ayudar y proteger a mi familia”, recuerda Angelet.
En julio, con el apoyo de ACNUR a través del programa PIL, Angelet se trasladó al norte, a Monterrey. En dos semanas, fue contratado por el fabricante de aluminio Indalum como inspector de calidad en la fundición, donde por fin pudo ejercer su profesión como técnico químico.
Me gusta todo lo relacionado con la química, me atrae”, explica Angelet. “Antes solo podía enseñar; ahora puedo experimentar y comprender. Indalum me ha ofrecido una oportunidad de oro”.
El empleo le ha aportado algo más que un sueldo: le ha devuelto el orgullo y la estabilidad. “Me hace feliz cuando mi hija me dice: ‘Papá, necesito esto’, y yo puedo dárselo”, comparte. Ahora, Angelet y su esposa están ahorrando para cumplir un sueño: abrir un restaurante, lo que demuestra que, más que sobrevivir, la integración consiste en construir un futuro.
En el lugar de trabajo, fue bien recibido. Sus compañeros lo acogieron “con mucho cariño”, afirma, y rápidamente empezó a ayudar a capacitar a otros recién llegados, entre ellos muchos que aún estaban aprendiendo español. Su instinto por enseñar resurgió: “En una industria como esta, los defectos importan. Cuantos menos defectos, mayores son las ganancias. Les ayudo a comprender lo que puede soportar el aluminio puro y los cuidados necesarios para trabajar con él”.
El compañerismo sigue a la competencia. Al final de un turno, un compañero bromeó con él sobre la verdadera prueba de integración: a quién apoyará cuando la Copa Mundial llegue a México y Norteamérica en 2026, y dónde, junto a su hogar adoptivo, su país natal, Haití, estará representado por primera vez en más de 50 años. Angelet se rió y respondió: “Quizás... a México. Quizás!. La sala estalló en carcajadas.
El aspecto comercial y el humano
Existe el mito persistente de que contratar personas refugiadas cuesta más. Karla lo refutó con un análisis interno de FEMSA que demostró que era menos costoso contratar y retener a personas refugiadas que dejar vacantes los puestos, especialmente si se tiene en cuenta la menor rotación entre los empleados refugiados y migrantes. La rotación es costosa: capacitación, equipamiento, pérdida de productividad. La gratitud y la resiliencia se traducen en compromiso.
“La situación migratoria es parte de tu historia, pero no es una [medida] de tu valor”, señala. No se trata de caridad, sino de economía y gestión inteligentes.
Thalía Fernández, Gerente de Karla en FEMSA, resume el cambio de mentalidad de manera sencilla: “Tenemos que quitarnos este miedo a lo desconocido, o a lo que no es muy parecido a nosotros, porque lo único que hace es meternos en una caja y seguir creando el mismo tipo de soluciones”, afirma. La inclusión promueve la diversidad, que a su vez abre nuevas formas de pensar.
Aquí es donde el programa PIL de ACNUR se une a la ambición del sector privado: conectar a personas cualificadas con puestos vacantes, facilitar la reubicación en estados como Nuevo León y garantizar que se disponga de lo básico: documentación, vivienda, orientación. Para las empresas, el PIL se convierte en un puente hacia el talento; para los refugiados, en un puente hacia la estabilidad.
Un efecto dominó que fortalece a las comunidades
Cuando el sector privado colabora con el gobierno y la sociedad civil, la integración se convierte en un proyecto compartido y los beneficios se extienden más allá de las puertas de la fábrica. Las familias se establecen, las niñas y los niños asisten a la escuela, y los pequeños negocios, como el futuro restaurante de la esposa de Angelet, echan raíces. Las comunidades ganan vecinos que aportan habilidades, idiomas y perspectivas que enriquecen la cultura local.
El llamamiento a la acción de Karla es directo: “Abran sus mentes al talento diverso. Valoren a las personas por ser personas y por su talento, no por su situación migratoria”. Angelet habla en nombre de aquellos que no eligen el desplazamiento, sino que sacan lo mejor de él: “No creo que a nadie le guste refugiarse en otro país... Ayúdennos, porque nos esforzaremos por aprender e integrarnos”.
La integración local inclusiva de México y el liderazgo del sector privado muestran lo que es posible cuando los principios se unen a la práctica. El resultado es la resiliencia: familias apoyadas, lugares de trabajo fortalecidos y comunidades enriquecidas. El compromiso de acoger a quienes se ven forzados a huir no solo cambia vidas, sino que construye una economía en la que más personas pueden pertenecer, trabajar y prosperar.
Esta noticia fue publicada inicialmente en la página web de la Agencia de la ONU para los Refugiados. Para saber más sobre el trabajo de la ONU en México, visite la página web mexico.un.org